En mi primer publicación hablé sobre la característica forma de poetas en que se han convertido los jovenes de éstas nuevas generaciones digitales. Personas que, desafortunadamente, son incapaces de concebir la vida sin el internet. En fin, ese no es el punto.
Ya mencioné algunos ejemplos de este tipo de frases, o poemas, o versos, o como quiera que gusten llamarles. Esta vez me gustaría poner unos más, pues los de la vez anterior no me parecieron tan ilustrativos, aunque supongo que mi idea fué captada más o menos clara.
"Eres el niño de mis ojos. Sé que como tú no hay nadie más. Te quiero y te voy a querer siempre."
"(Nombre de la chica que te gusta), te pareces al cielo, ese color que solo trasmite tranquilidad y serenidad. Eres diferente a las demás, tu vida es un misterio, pues amas las cosas sencillas y pequeñas. Te quiero por ser como eres."
¿Verguenza? Sí. Prefiero quedarme ahí, como dije antes, no son para mí menos que amalgamas de pensamientos estructurados bajo la línea común de la moderna cursilería juvenil. ¿Cuándo fué que dejamos perder todo auténtico sentimiento humano y le permitimos el paso a la estúpidez incluso en nuestras sensaciones más hondas? ¿Cómo fué que nos olvidamos desde tan antes del placer que pueden provocar las letras, no solo a quién las escribe, sino a quién las lee y las repite a otro más?
Es entristecedor. ¿Cómo alguien se puede atrever a prometer amor eterno cuando ni siquiera el amor conoce? ¿Desde cuándo se volvió lícito mentir para conseguir las caricias (mal ganadas) de una persona a quien ni siquiera queremos, sino que más bien estamos acostumbrados a su belleza física y a través de ella nos queremos hacer de un reconocimiento social legítimo de ser los propietarios únicos de las placeres que puede otorgar tal persona? ¿Qué posibilidad existe de poder esperar con los mismos sentimientos en el alma a alguien en específico?
Parece como si de repente, la realidad de los sentimientos se hubiera invertido y provocado un nuevo sistema, más agresivo y decadente, en el que todos nosotros estamos predispuestos a una encarnizada lucha por mentir mejor para ganar el corazón de alguien de la manera mejor aceptada posible. De una forma en la que el más mentiroso, es el único que triunfa.